La nariz fría y húmeda de los perros esconde una habilidad que la ciencia apenas empieza a comprender. Un estudio publicado en Scientific Reports aportó evidencias de que la trufa canina es capaz de percibir radiación térmica débil, una capacidad que hasta ahora solo se había documentado en muy pocos animales.
Durante décadas, la nariz del perro se ha estudiado casi exclusivamente desde el punto de vista del olfato. Su capacidad para identificar sustancias en concentraciones minúsculas la ha convertido en una herramienta valiosa en tareas de rescate, seguridad y detección. Sin embargo, la punta del hocico, esa zona desnuda, húmeda y casi siempre fría que los dueños conocen bien, podría desempeñar además una función completamente distinta.
Un equipo de investigadores de la Universidad de Lund, en Suecia, y de la Universidad Eötvös Loránd, en Hungría, decidió comprobar si esa zona funcionaba también como un sensor térmico. Sus resultados, publicados en 2020, apuntan a que los perros pueden percibir el calor que emiten otros cuerpos a distancia.
La trufa canina, una piel diferente a la de otros mamíferos
La zona desnuda que rodea las fosas nasales recibe el nombre de rinario. En la mayoría de los mamíferos esta piel es lisa y seca, pero en el perro permanece húmeda, se mantiene más fría que el aire ambiente y cuenta con una densa red de terminaciones nerviosas.
Trabajos previos habían observado que los carnívoros suelen tener la punta de la nariz más fría que los herbívoros. Esa diferencia llevó a los científicos a sospechar que el rinario de especies como el perro o el lobo podía cumplir una función sensorial adicional.
La lógica física es sencilla: una superficie fría es más sensible a pequeñas variaciones de temperatura. Igual que una mano helada percibe con mayor intensidad la cercanía de una taza caliente, una nariz fría podría captar con más facilidad el calor radiado por un cuerpo cercano.
El hallazgo encaja con lo que ya se sabía sobre la anatomía nasal del perro. Quien quiera profundizar en esos mecanismos puede repasar estos datos científicos sobre el olfato canino, que explican desde el número de receptores hasta la forma en que el aire circula dentro de la nariz.
El experimento que puso a prueba la nariz de tres perros
Para comprobar su hipótesis, los investigadores diseñaron dos tipos de pruebas. En la primera, entrenaron a tres perros de compañía, llamados Kevin, Delfi y Charlie, para que eligieran entre dos objetos idénticos: uno a temperatura ambiente y otro ligeramente calentado.
Los objetos se colocaban a cerca de 1,6 metros de distancia, de modo que los animales no pudieran tocarlos ni percibir su temperatura por contacto. El objeto caliente se mantenía a una temperatura parecida a la de la superficie corporal de una presa pequeña, en torno a 33 °C.
Las pruebas se realizaron a doble ciego: ni los perros ni las personas presentes sabían cuál de los objetos estaba caliente, lo que evitaba cualquier señal involuntaria. Los tres perros lograron identificar el estímulo térmico con una frecuencia superior a la que cabría esperar por azar.
Lo que revelaron las imágenes cerebrales
La segunda parte del estudio se centró en el cerebro. Los científicos utilizaron resonancia magnética funcional para observar la actividad cerebral de 13 perros mientras se les presentaban objetos neutros y objetos que emitían una radiación térmica débil.
Ante el estímulo caliente se activó la corteza somatosensorial de asociación del hemisferio izquierdo, una región que no respondía del mismo modo ante los objetos a temperatura ambiente.
El dato llamó la atención de los investigadores porque, en muchos vertebrados, el lado izquierdo del cerebro se vincula con el procesamiento de respuestas relacionadas con el alimento y la depredación. Esa coincidencia refuerza la idea de que la sensibilidad térmica podría formar parte de las herramientas de caza de los cánidos.
Un posible legado del lobo cazador
La capacidad de detectar radiación térmica es poco habitual entre los mamíferos. Hasta este estudio, los murciélagos vampiro eran los únicos en los que se había documentado. En otros grupos animales, como las serpientes de foseta, este sentido es tan preciso que les permite atacar a una presa guiándose solo por su calor.
En el caso del perro, los autores plantean que la habilidad podría ser una herencia de su ancestro común con el lobo. Para un depredador, percibir el calor de una presa oculta entre la vegetación supondría una ventaja complementaria al olfato y al oído.
Conviene, no obstante, leer los resultados con prudencia. La muestra del experimento conductual fue pequeña y todavía no se conoce el mecanismo exacto por el que el rinario transforma la radiación en una señal nerviosa. La propia Anna Bálint, primera autora del estudio, ha señalado que la punta de la nariz es demasiado pequeña para contribuir de forma significativa a la regulación de la temperatura corporal, lo que refuerza la hipótesis de que su frialdad responde sobre todo a una función sensorial.
Más allá de las preguntas pendientes, el estudio ofrece una nueva forma de mirar un rasgo cotidiano. La próxima vez que un perro acerque su nariz fría a la mano de su dueño, quizá no solo esté reconociendo su olor, sino también percibiendo su calor. Una pista más de que los sentidos caninos siguen guardando sorpresas para la ciencia.


